jueves, 23 de enero de 2014

Invitación a recibir puñetazos en el cráneo

"Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro debe ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro" (Franz Kafka).

La literatura purifica. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer observaba que la superación del sufrimiento se encontraba en el camino del arte. Carlos Fuentes, escritor mexicano bendecido por las musas, indicaba en una entrevista que el escritor servía de instrumento a Tlazoltéotl, diosa azteca que devoraba la inmundicia del hombre. ¿Por qué leer? Porque leer libera al alma, la eleva, la sana.
Llevo más de un año persiguiendo el rastro a las obras clásicas de la literatura. Y he aprendido a amarlas con intensidad. Cuando descubro un amor así, quiero compartirlo de inmediato. Como quien es padre por primera vez, sostiene a su bebé en brazos, y quiere correr por la calle gritando desnudo que ha tenido un hijo, yo quiero mostrarles mis bebés. No se preocupen: no correré desnudo por las calles. Mis bebés son las ideas, las emociones, y los sentimientos que han despertado mis lecturas.

Este es la primer entrada de una serie en la que espero que puedan conocer a algunos de mis bebés.

Mostrarles a mis bebés… ¿Para qué? Para invitarlos a descubrir obras literarias que hayan sido pilares o guías de la humanidad. Para descubrir lo que yo no sea capaz de ver en las obras, a través de sus comentarios. Para atrapar los detalles que escapen a mi vista. En breve: compartir para enriquecer mi experiencia literaria.

La invitación, sin embargo, vale tanto para que nos enriquezcamos ustedes y yo. Pero no es cualquier invitación. Los invito a ponerse un casco, porque romperemos pilas de cráneos. Kafka comparaba a las buenas lecturas como obras que surtían puñetazos en el cráneo; las comparaba con hachas capaces de romper el agua de mar de hielo que había en nosotros. Sumergirse en una obra clásica vale tanto como despedirse del propio esqueleto y sustituirlo por uno nuevo: renovarse en la magia de las letras.

¿Y por qué leer obras que sean clásicas? Las obras clásicas son aquellas que superan el paso del tiempo. Son las obras que permanecen en el mercado porque su consumo sigue en el gusto del público. Son las obras que hermanan a los hombres porque la humanidad se reconoce en ellas con independencia de la época, las costumbres, las religiones, las tradiciones, las distancias. Tengo un libro aquí, mientras escribo, de Italo Calvino, escritor nacido en Cuba de ascendencia italiana: Por qué leer los clásicos. Calvino nos dio respuestas de una belleza e importancia vigentes. Para Calvino, un clásico es el libro “que te sirve para definirte a ti mismo en relación, o quizá, en contraste hacia él”. Es decir, un clásico es un libro contra el que se libra una batalla. Es un libro que lo mismo puede conmover a las lágrimas como al enfado. Un clásico es aquel libro que nos ayuda a descubrir lo que somos: lo que amamos y detestamos; lo que escuchamos y lo que ignoramos; lo que recordamos… y lo que olvidamos.

Calvino también nos recuerda que un clásico es el libro “que nunca deja de decir lo que tiene que decir”. Probablemente, muchos de ustedes han oído hasta el hartazgo desde la escuela primaria sobre obras clásicas como Don Quijote de la Mancha, La Odisea, Los Tres Mosqueteros, Robinson Crusoe, etcétera. ¿Quiénes de los que me leen han leído de las desventuras y de los entuertos deshechos de Alonso Quijano? Lamentablemente, de los clásicos se habla más de lo que se lee. Pero leerlos es derribar prejuicios. Y es precisamente esa característica a la que se debe que la humanidad no pueda relegarlas al olvido. (Y no deba). Si nos atrevemos a sumergirnos en esas obras, encontraremos que sabíamos poco de ellas; y, en ocasiones, hasta nos arrepentiremos de no haberlas leído antes.

Un secreto: siempre es tiempo de volver la vista a las obras que aguardan nuestra lectura.

El hombre contemporáneo, sumido en cientos de preocupaciones, dueño de una vida ajetreada en la que el tiempo es dinero, descuida la lectura como lujo que no puede atender. Pero leer no debería ser un lujo: ¡leer debería ser una necesidad espiritual! Hay tantos hombres mancos de espíritu porque no han abierto un libro…

Los libros, sin embargo, aguardan a que el hombre contemporáneo distraiga un poco su mente de las preocupaciones e intemperancias pasajeras de la vida. Esperan, callados y sin quejarse. En Una historia de amor y oscuridad, biografía del escritor israelí, Amos Oz, que también tengo a mi lado, se encuentran estas conmovedoras palabras:

“…los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y a algunos incluso los abandonas durante muchos años o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. Te esperan incluso decenas de años. No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado u casi  has borrado de tu mente durante muchos años, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces, y si aún tiene algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides, jamás te traiciona.”

¡Cómo negarle la amistad a compañeros tan fieles!

Espero que conmigo puedan disfrutar del emocionante viaje al mundo de las obras clásicas. Descubrirlas es redescubrirse. Hay tiempo suficiente. No es tarde para escuchar lo que tiene que decirnos un personaje de Oscar Wilde, de Gustave Flaubert, de Chesterton. Podemos encontrarnos en ellos, y conocernos de formas distintas. Conocernos: la literatura es espejo, y el espejo, un reflejo de la verdad.

Los espero pronto para la repartición de puñetazos al cráneo. Hasta luego. 

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